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José Ignacio Rengifo (1940 - 2017)

José Ignacio Rengifo (1940 - 2017)

El 18 de diciembre del año que acaba de pasar murió José Ignacio Rengifo, Pepe, profesor de toda la vida en el Departamento de Ingeniería Civil y Ambiental de la Universidad de los Andes. Pepe fue una de las personas que más influyó en mi formación como ser humano, y para reconocérselo transcribo a continuación las palabras que tuve el honor de decirle públicamente, en un homenaje que le hizo la Universidad en diciembre de 2012 con motivo de su retiro:

 

Esta es una de estas raras ocasiones en las cuales se mide verdaderamente la calidad de la Universidad. No por cuenta de unos cuantos funcionarios interpretando tablas y leyendo documentos. Es ahora, después de que ha pasado mucho tiempo, después de los éxitos y de los fracasos de los egresados, cuando los alumnos de ayer podemos evaluar si lo que recibimos de la Institución nos sirvió para nuestras vidas. Queda atrás lo superfluo, lo superficial; quedan atrás los méritos de un dia y, sobretodo, lo que algunos profesores nos vendieron como importante sin serlo; desafortunadamente también hay vendedores de específicos en el mundo de la Academia.

Fui alumno de Pepe en tres de sus cursos hace más de 4 décadas, y su compañero de labores en el Departamento de Ingeniería Civil y Ambiental durante los últimos 38 años. Tal vez por esta condición de testigo de casi toda su carrera profesoral, y por la generosidad del Jefe del Departamento de Ingeniería Civil y Ambiental, me corresponde el día de hoy hablar a nombre de todos sus ex-alumnos. Somos nosotros los únicos que podemos juzgarlo y calificar su labor académica. Nadie como nosotros sabe si valió la pena estar en sus cursos, acercarse a hablar con él, escuchar sus enseñanzas por fuera del salón. Los papeles cambian el día de hoy, Pepe: este es su examen final, y nosotros nos hemos convertido en sus calificadores.

Mi experiencia personal con él debe ser similar a la de muchos de ustedes. El afecto que testimoniamos con nuestra presencia la noche de hoy tiene las mismas causas, y por eso me parece lícito compartir con ustedes la justificación de mi calificación a su labor como profesor. Primero que todo, por su integridad. Pepe es una persona absolutamente transparente. Tengo la impresión de que nunca en la vida ha hecho algo incorrecto. Su manera de proceder, de tramitarlo todo, es impecable. Y los educadores transmiten a los jóvenes su talante y su manera de hacer las cosas. Basta con que los maestros sean como son para que sus alumnos se contagien. Debo reconocer en ese sentido la influencia que ejerció sobre nosotros uno de sus colegas: Aquiles Arrieta, quien se fue demasiado pronto de la Universidad y de la vida, sin darnos la oportunidad de agradecérselo.

En segundo lugar, su bondad. Nadie más amable, más generoso, más ecuánime en su trato personal. Jamás hubo en su actuar otro interés que el de ayudar a sus alumnos y a sus colegas. Incluso cuando nos exigía, y lo hacía con un rigor espartano, nos estaba obligando a dar lo mejor de nosotros mismos. Los estudiantes de hoy, acostumbrados desde el colegio a que los profesores les den gusto en todo, tal vez no comprendan por qué lo hace. Pero es bien dudoso que alguna vez en la vida lleguen a entregar lo mejor de si mismos, si nunca se les pudo exigir nada.

Y en tercer lugar hay que reconocerle a Pepe algo cuya importancia rara vez se acepta, pero que es fundamental en todos los momentos de la vida: su alegría; él nos enseñó a reír en medio del estudio y el trabajo. La risa no es simplemente falta de seriedad como argumentan quienes no saben reír. Hay mucho farsante en este mundo cuya única importancia proviene de su disfraz de seriedad. Como decía otro uniandino digno de mención, Don Carlos García-Reyes, tienen la seriedad del mico. La risa vuelve ridículo lo anodino cuando pretende volverse importante y a la estupidez cuando pretende volverse sabiduría. No en vano ha sido calificada muchas veces como subversiva y peligrosa, porque es la herramienta que rebaja a los poderosos cuando no son dignos de su poder. La risa fortalece los lazos de aprecio y amistad. Es ingrediente de la vida personal, por supuesto, pero también de nuestras relaciones laborales. Reír en el trabajo nos acerca; elimina las tensiones del ejercicio de la autoridad y desenmascara la intriga y la manipulación de los disgregadores de oficio. Nuestro ambiente de trabajo en el Departamento de Ingeniería Civil y Ambiental siempre ha estado marcado por esa alegría que desde hace mucho tiempo nos impuso Pepe. Nadie ha sido inmune a su socarronería. De mí, dice que la única vez que Sergio se equivocó fue una vez que creyó que se había equivocado. En este contexto debo reconocer el legado irreverente de otro uniandino que tampoco se encuentra ya entre nosotros: nuestro mutuo gran amigo Rafael Gutiérrez Patiño, sin cuya mención este homenaje no quedaría completo.

Quiero invitar a los profesores de la Universidad que hoy nos acompañan a la siguiente reflexión: Las cosas que nosotros hacemos en la Universidad, ¿Garantizarán en nuestras despedidas una asistencia como la que tenemos hoy aquí? ¿Será que los indicadores de gestión, inventados para calificar cuantitativamente la labor de obreros, operarios y demás empleados de labores rutinarias, tienen sentido como único elemento en la evaluación de los educadores? Tengo la desafortunada impresión de que cuando nos retiremos nuestros homenajes serán bastante menos concurridos que este.

Y volviendo a su examen final Pepe, de esa no se salva, sus discípulos de ayer y sus amigos de siempre hemos venido el día de hoy por centenares a reconocer que gracias a usted hemos sido mejores personas en la vida, y que a través de nosotros su influencia se ha extendido a muchos más. Por eso, unánimemente, le otorgamos la nota de

Sobresaliente

 

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